LA ETERNA ESPERANZA



Su nombre es Carolina, tiene 20 años y estudia en la universidad, es la hija menor de una familia casi perfecta. Dos padres y dos hermanos. Una hermosa y confortable casa de dos pisos. Vacaciones todos los años. Ropa de la mejor marca. Pero, no todo es suficiente para ser feliz. Y ella lo vivió en carne propia.
El amor es una sensación placentera e inolvidable. Se puede presentar en cualquier momento. Y esa sí como nos convierten sus víctimas felices y nos deja encantados por sus besos y sus caricias, haciéndonos sentir vulnerables y frágiles cuando él no está.
Algunos lo sienten una sola vez en la vida y para siempre "hasta que la muerte los separe” como una confirmación ante Dios de un sentimiento muy fuerte. Otros, los menos afortunados – y la gran mayoría – sólo lo tienen por un tiempo determinado teniendo que sufrir por la pérdida, en el mejor de los casos. Aunque siempre se sufre las manera son diferentes, desde la pena llorosa hasta la alegría espontánea que oculta el dolor que se siente.
Todas las noches de verano vuelve, como hace tres años, donde todo permanece inalterable como si el tiempo se hubiera empeñado en no querer avanzar. Ella responde a un llamado anónimo, que sólo su corazón reconoce.
Esa playa solitaria no lo es durante el día cuando se puebla de niños que juegan con las olas del mar y con l arena húmeda que se arrojan en sus cuerpos para correr y dejarse bañar por el agua salda que viene en forma de espuma y, también, por la invasión de sombrillas y toallones que transforman todo en una alegre y vistoso carnaval.
Su dolor la guía hacia allá, no es su voluntad, la que le indica el camino. Su pena le impide evitar esa cita que, bajo la presencia de la luna llena, hace con su alma herida por el abandono y traicionada por el amor.
Sus lágrimas recorren su rostro iluminado por las estrellas, que son sus únicas compañeras, la leve brisa que trae el mar hasta la orilla sigue su camino, sin importarle su sufrimiento.
Llora sin poder evitarlo, se aferra a su última promesa – que se volverían a encontrar muy pronto – que mantiene viva la esperanza por volver a verlo aunque el tiempo se encapriche en mostrarle lo contrario.
Cierra sus ojos para recordar cada instante que vivió junto a él, cada beso que le dio, cada abrazo que recibió como si de esa forma lograra volverlo realidad. Pero, se decepciona porque lo único que consigue ver es una figura difusa que los años, al igual que el agua cuando se retira de la costa, se encargaron de borronear.
No sabe qué hacer con su vida y no encuentra un lugar en su corazón donde poner sus recuerdos para que no la sigan mortificando. ¿Por qué tengo que sufrir tanto?, se pregunta mirando al cielo sin conseguir alguna respuesta que la deje conforme.
El mar, que llega a tocarla como una suave caricia que le hace recordar las que recibía de su madre cuando estaba triste, es la única compañía que se atreve a despertarla Sabe que es esclava de su destino, porque su valor no es el suficiente como para retarlo y sus armas no pueden combatirlo.
Todas las noches, sin importar que llueva o que esté la luna mirándola, repite el mismo ritual. Pobre muchacha ¿Por qué no comprende que es todo inútil, que él no volverá a su lado?
Nadie ha podido evitar que ella siga mortificándose con ese amor, que pocos conocen pero que escucharon hablar sobre él. Es más, quienes la quieren, su familia y sus amigos, lo han intentado pero comprendieron, rápidamente, que no pueden ser tan insensibles –y egoístas- como para arrancarle lo que es su única ilusión (la que le da fuerzas durante el día para no acabar con su vida para siempre).
Cómo podría dejar de sentir ese sabor amargo luego de haber amado en un momento fugaz, pero intenso. No entendía por qué el castigo era tan grande si su único ¿pecado? Fue entregarse, por primera vez, a este amor puro que se le presentó como el príncipe azul que ella siempre soñó.
Si ésa era la causa de toda su pena no estaba dispuesta a admitir que lo bello fue, en realidad, algo malo. No quería mentirse a sí misma y destruir todo lo bueno que tenía eso, aunque a veces creía no poder seguir soportando tanto sufrimiento.
Su orgullo no se lo permitía porque siempre escuchó que hay que hacer lo que el corazón ordenar, y ella lo hizo.
Su arrepentimiento no la iba a dejar tranquila, porque su sentimiento la alejaba de la culpa por el hecho consumado.
El silencio de la noche la acompañaba y testimoniaba todo aquel dolor que nacía con cada lágrima y con cada recuerdo que volvía a hacerse presente.
Los pasos se acercaban a ese amor abandonado por el temor y la indecisión. Las huellas de su ilusión quedaban marcadas sobre la arena que reposaba con tranquilidad. Ella soñaba, una vez más, con encontrarlo allá, sentado y esperándola con el deseo intacto pese al tiempo transcurrido.
Te amo”, son las palabras eternas que sobresalen de aquel pañuelo que tiene apretado entre sus manos que no conoce el paso del tiempo, ya que está inalterable tanto en su tela con en su bordado.
Es el único recuerdo real de aquella noche, única e inolvidable, donde sus corazones latieron unidos y sus cuerpos se convirtieron en uno solo.
Lo guardó en la misma cajita, que sí está desquebrajada. Ahí se mantiene viva si esperanza por volver a ser feliz como lo fue en aquel momento.
Volveré”, resuena en su cabeza cada vez que pronunciaba el nombre de su amor, Matías. Seguía creyendo que cumpliría con su promesa cuando partió en el tren que lo devolvía a su hogar. Atrás quedaron esos diez días maravillosos donde compartieron no sólo el amor sino también sus vidas.
Ella estaba sentada sobre el espigón mirando las olas sin pensar en nada, y fue cuando él se acercó que su atención tomó vida. Quedó fascinada con esa persona que se había sentado muy cerca suyo. Pero, su timidez le impedía hablarle, cosa que no sucedió con Matías que se acercó con la excusa de preguntarle si conocía la ciudad ya que él era sólo un turista que venía por primera vez.
Se pusieron a conversar hasta que el sol se ocultó allá a lo lejos. Se saludaron con un beso en la mejilla, que rozó los labios de ambos, y se prometieron que se encontraría al día siguiente en el mismo lugar y a la misma hora.
Los días pasaron y la relación se volvió cada vez más íntima y más secreta porque eran ellos los únicos que conocían su historia. Y llegó esa noche inolvidable donde decidieron dejar su adolescencia de lado para convertirse en adultos. Fue la última noche, la gran despedida, que para ella iba a ser eterna, pero para él ¿lo será?
Lo acompañó hasta la estación de tren donde se dieron el último beso y se abrazaron que el sonido distorsionado de los altavoces los separó. Se quedó parada mirando ese vagón, cuyos colores nunca olvidará, de donde salía una mano que la saludaba. Desde ese vagón se volvió invisible, su ilusión fue secreta hasta que el tiempo la fue transformando en dolor que soportaba en silencio. Necesitaba la compañía de alguien, pero ¿cómo iban a ayudarla si nadie sabía lo que le pasaba?
En fin, no tuvo más remedio que contar su propia historia de amor, primero a sus amigas, que se sorprendieron al conocer los detalles de esa confesión, y luego, le tocó el turno a su familia que mostró la preocupación lógica de los padres que se sintieron mal por no haber sospechado lo que le había sucedido a su querida hija.
La luna finalizaba su estadía y el sol empezaba a salir, como la señal que le indicada el final de su procesión diaria. Guardó cuidadosamente en su bolsito rosa todo lo que tenía consigo y se fue.
Cuando bajó su cabeza advirtió que en su camino había otras huellas. Miró s su alrededor, con su corazón acelerado por los latidos que no podía controlar, pero no había nadie más que ella y su sombra que comenzaba a reflejarse por detrás de su cuerpo y de sus pasos.
La duda la dominaba, sin dejar de convertir ese misterio en un bálsamo que pudiera acabar, para siempre, con todo su dolor.
La noche se hacía presente nuevamente y ella se encontraba caminando sobre esa arena virgen de todo movimiento. Sus huellas formaban un camino junto con esa otras que conducían a ese mismo lugar donde terminaban las suyas.

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